La herramienta correcta mal usada sigue dando malos resultados.
La tecnología no falla tanto por sus limitaciones como por la forma en que se la aplica. Expectativas irreales, decisiones apuradas y adopción por moda generan más problemas que soluciones.
No existe verdad absoluta en tecnología. Existen contextos, datos incompletos y decisiones basadas en probabilidades. Asumir esa incertidumbre permite tomar mejores decisiones que aferrarse a dogmas técnicos.
El sentido común, la experiencia acumulada y la validación por resultados concretos siguen siendo herramientas fundamentales. La tecnología debe servir a un objetivo claro, no convertirse en un fin en sí mismo.
Paradójicamente, en un mundo cada vez más avanzado, pensar antes de implementar es una de las habilidades más valiosas.